El Carmen Indautxu

Eucaristía de acción de gracias por los 200 años Vedruna

El pasado jueves 26 de febrero terminamos el tan intenso día con una Eucaristía de acción de gracias por los 200 años de la Familia Vedruna, en nuestra parroquia del Carmen.

Aquellos que quisimos y pudimos, nos unimos en una celebración entrañable y en familia: profesores/as, alumnas/os, familias del centro, antiguos alumnos/as de muy distintas edades, profesoras jubiladas, hermanas Vedruna de las comunidades de Deusto y Gernika, compañeras y sacerdotes de la Unidad pastoral, educadores de otros centros educativos de la zona y Kristau Eskola, los directores de los dos centros Vedruna de Vitoria, personas del barrio y de la parroquia…

Fue una celebración llena de gestos, símbolos, música, de memoria de Joaquina, y llena de la Palabra, en mayúscula, la Palabra de ese Buen Jesús, como le llamaba ella. Fueron muy especiales y significativas las palabras del obispo de Bilbao, monseñor Joseba Segura, que celebró la Eucaristía y por eso queremos compartirlas con todos/as vosotros/as.

Desde la Dirección del Centro, la Comisión del Bicentenario y el Equipo de Pastoral queremos dar las gracias a todos los presentes en la Eucaristía, a todos los que la distancia, el trabajo u otras tareas os impidió estar de manera presencial, pero os unisteis desde el corazón; y de manera especial, a las alumnas/o que con su música y palabra o gestos, pusieron el punto “más joven” de la Celebración: Maren, Grace, Eloisa, Laura, Raquel, Marcos, Ander…

¡A por otros 200 años!


HOMILÍA - BICENTENARIO FAMILIA VEDRUNA

Colegio Vedruna Bilbao – 26 de febrero de 2026

Hace doscientos años, una mujer en Vic escribió una carta, la dobló, y la envió al obispo. No tenía dinero. No tenía comunidad. Tan solo algunas amigas jóvenes con ganas de aprovechar su vida y un deseo que no le cabía en el pecho: abrazar todas las necesidades de los pueblos. Hablando de pretensiones. Casi nada.
Y luego la firma: esta pecadora, Joaquina. Y así, de esa manera aparentemente bastante intrascendente, fue como empezó todo esto.

Jesús, en el Evangelio de hoy, dice algo que parece sencillo, pero que no lo es:
Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Tres verbos. En imperativo, verbos que animan a la confianza. No dice: esperad a tenerlo todo claro. No dice: aseguraos primero de que tenéis los recursos. No dice: consultad con el equipo directivo. Dice: pedid, buscad, llamad y recibiréis lo que necesitáis.

Joaquina no tenía nada. Solo tenía ese fuego interior. Y decidió pedir. Hay gente que pide con timidez, como si molestara. Hay gente que busca con miedo, como si encontrar pudiera ser peligroso porque entrar por una senda supone renunciar a todas las demás. Y hay gente —poca, pero existe— que llama con esa convicción tranquila de quien sabe que al otro lado hay alguien. Y que ese alguien tiene ganas de abrir. Joaquina era de esa clase de gente, con una fe muy rara de encontrar en este tiempo.

En su carta, dice algo que hace pensar. Habla de almas jóvenes “abrasadas en amor a Dios”. Abrasadas. No dice “bien dispuestas” o “comprometidas”. Dice abrasadas. Como si el fuego que sienten les quemara y no pudieran encontrar descanso hasta encontrar el cauce para ese gran deseo.

Era sin duda un mundo distinto al nuestro. Porque ¿qué nos quema a nosotros? ¿Hay hoy en nuestra vida una experiencia, una convicción que nos haga desear algo con tanta fuerza? ¿Hay algo que nos consuma de esa manera? ¿O hemos aprendido a relativizar y gestionar los entusiasmos de tal modo que nada, salvo quizá el propio interés, pueda abrasarnos/centrarnos y orientar nuestra vida?

Los niños y jóvenes que llenan este colegio cada mañana llegan con preguntas, dudas e interrogantes, con convicciones o claridades sobre su vida y su futuro. La pregunta de si sirven para algo. El miedo a no encajar. La preocupación por los desencuentros y tensiones en sus familias. Las ganas de que alguien los vea de verdad, no solo sus notas. El fuego ha sido sustituido por el temor y la desconfianza. Pero siempre queda una pequeña llama, un pequeño fueguito, débil que puede ser alimentado o corre el riesgo de que alguien lo apague.

El carisma Vedruna dice que para que esa llama se haga fuerte la respuesta no es un programa detallado, no es excelencia de gestión. Es una presencia y acompañamiento personalizado. Es alguien que se acerca y dice: lo que sientes es valioso. Y vamos a hacer algo bueno con eso.

Y entonces llega la frase que Jesús dice casi de pasada, casi al final, como si fuera un añadido: todo lo que queráis que los demás hagan con vosotros, o si hubieran hecho con vosotras en vuestra niñez, hacedlo vosotros con ellos. La regla de oro. Dos mil años y sigue siendo la frase más revolucionaria que existe en educación. No dice: enseña lo que sabes. Dice: trata a la otra persona como tú quisieras ser tratado. Reconócelo, escúchala, hazla sentir importante. No como receptáculo de contenidos y experiencias. Como ser humano que necesita afecto y dignidad.

Doscientos años de historia Vedruna es mucho tiempo y muchas personas intentando hacer eso en serio. Desde Vic hasta Gernika, Bermeo y Deusto. Y luego aquí, en el centro de Bilbao. Con errores, con crisis, con guerras que obligaron a cerrar y reabrir. Pero sin perder ese hilo. El hilo del amor que surge del Fuego interior cuando este existe porque sigue vivo.

Celebramos los doscientos años de historia de esta congregación. Pero la pregunta del bicentenario no es ¿cuánto hemos durado? La pregunta es: ¿seguimos siendo capaces de alimentar el fuego?

¿Hay alguien aquí —alumno, educador, familiar, hermana— que hoy se atreva a pedir lo que de verdad necesita? ¿Qué siga pidiendo con insistencia? ¿A buscar más allá de lo cómodo? ¿A llamar a puertas que todavía no sabe si se van a abrir?

Si la hay —y creo que la hay— entonces el bicentenario no es una fecha. Es una invitación.

Zorionak, familia Vedruna. Eta aurrera.